EDITORIAL

La matraca de Duque: narcotráfico y homicidios selectivos

La gran mayoría de estas víctimas son jóvenes de ambos sexos, en lo que parece un claro mensaje que indica que esta nueva generación, educada e influida por las nuevas tecnologías de la información no debe caminar fuera de los parámetros establecidos por el régimen opresor

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Editorial

Los grandes ríos no se contienen con diques de arena y como en la frase de cajón, el sol no se puede tapar con un dedo.

El nuevo lenguaje inventado por los asesores del presidente Iván Duque, narcotrafico y homicidios selectivos, que repiten como loros sus ministros, seguidores más leales y los grandes medios de comunicación fletados por el establecimiento para definir las horrorosas masacres ocurridas en Colombia en las últimas semanas, pretenden que se convierta en una matraca para tratar de engañar de nuevo a los colombianos, y minimizar la barbarie que viven hoy campos y ciudades.

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Prueba de que este pueblo colombiano ya no le cree al presidente fue su llegada a Cali y Samaniego Nariño el sábado 22 de agosto, donde fue recibido con abucheos y justos reclamos de justicia. ¡Pero justicia de verdad!

La gran mayoría de los colombianos saben quienes están cometiendo esas horripilantes matanzas, retrocediendo al país a las décadas de los 80, 90, hasta mediados del 2000, cuando grupos para-militares cometieron todo un genocidio, patrocinado por grandes terratenientes, ganaderos, empresarios de las grandes capitales, y por supuesto con plena anuencia del estado, con el vano argumento que era para combatir los grupos guerrilleros.

No combatieron la guerrilla, ni la acabaron como era su plan macabro, pero sí asesinaron de forma salvaje a miles de colombianos indefensos, muchos de ellos solo porque no pensaban igual que la ideología impuesta por del establecimiento, o simplemente porque los colaboradores de estos tenebrosos grupos señalaban de manera criminal a quien querían que asesinaran.

Pero el macabro plan fue más allá del genocidio. También sirvió como herramienta de despojo de miles de hectáreas de tierra fértil, de topografía ideal para la siembra de palma de aceite y ganadería intensiva, obligando así a pequeños parceleros a desplazarse, y dejar abandonadas sus tierras, conseguidas con el sudor de su frente, que por años trabajaron con esmero y dedicación.

Las masacres cometidas las últimas semanas en Colombia no tienen tintes de narcotráfico, ni son por la disputa entre los llamados carteles de drogas ilícitas.

La masacre de Algeciras Huila donde fueron asesinadas cuatro personas, entre ellas un menor de edad y una mujer, nada tiene que ver con la matraca repetitiva del gobierno. La comunidad de ese municipio sabe cuales fueron las razones macabras de esta matanza, donde son jóvenes la mayoría de víctimas.

La dolorosa masacre de Llano Verde de Cali, nada tiene que ver con narcotráfico. Estos niños ingresaron al cañaduzal a cortar unas cañas. Los asesinos y sus encubridores están plenamente identificados, pero hasta ahora la gran comisión especial de investigación nada ha hecho para librar las respectivas capturas y seguramente no lo harán, porque presuntamente hay agentes del estado comprometidos en este horroroso crimen.

El cobarde ataque en Samaniego Nariño contra un grupo de jóvenes nada tiene que ver con narcotráfico. Como está ya documentado por los testigos las camionetas con los encapuchados armados, llegaron en horas de la tarde a ese pueblo y no las vieron, ni la Policía, ni las unidades del Ejército que patrullaban la zona. La Policía tampoco escuchó las estruendosas detonaciones originadas por el tiroteo, pese a que esto sucedió a escasos 10 minutos del área urbana, que muchos vecinos del municipio sí oyeron a varios kilómetros de distancia, en el silencio de la noche negra, permeada de sangre y muerte.

En la masacre de El Tambo Cauca, argumentan los partidarios del crimen que estos jóvenes presuntamente estaban involucrados en robo de ganado. Para confundir a la población, aparecieron panfletos de la guerrilla llamada “La Nueva Marquetalia” diseminados por la zona. Ninguna guerrilla es tan torpe como para cometer estas masacres y dejar huellas.

Un hecho que llama la atención de estas últimas tres masacres, las de Arauca, El Tambo y Tumaco, es que a las víctimas las amarraron primero y algunos de ellos fueron degollados. Todavía no tienen motosierras como en las décadas anteriores, pero estamos seguros que con las próximas víctimas las estrenarán.

Y otro ingrediente aun más macabro: la gran mayoría de estas víctimas son jóvenes de ambos sexos, en lo que parece un claro mensaje que indica que esta nueva generación, educada e influida por las nuevas tecnologías de la información no debe caminar fuera de los parámetros establecidos por el régimen opresor.

De nada servirá la matraca del gobierno, ni el cambio del lenguaje de llamar “homicidios selectivos” a las horrorosas masacres. El pueblo colombiano sabe muy bien que ha empezado una mal llamada “limpieza social”, aplaudida por muchas mentes criminales de este país, donde como siempre asesinan a todo el mundo, pero ya percibimos quien la dirige y patrocina.

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