VENTANA CULTURAL

Breve reseña histórica del fallecido Alfredo Molano

Viaje a la intimidad familiar del periodista, Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por su vida y obra, contada por su hijo

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La madrugada de este jueves 31 de octubre falleció en Bogotá el periodista, estudioso del conflicto armado, excolumnista de El Espectador y sociólogo. Por su trayectoria y gran conocimiento del conflicto armado colombiano, fue designado para contar la verdad de lo que sucedió en la Orinoquia.

A continuación publicamos una breve reseña histórica del Maestro del periodismo, escrito por su hijo Alfredo Molano Jimeno.

Alfredo Molano, el hombre de los tenis de tela

Escrito por: ALFREDO MOLANO JIMENO

El primer recuerdo que tengo de mi papá es dándome  un paseo en su caballo Aldebarán. De bigote y tenis de tela, sombrero y un cigarrillo. Yo nací en 1985, año del holocausto del Palacio de Justicia; mi papá tenía 41 años, cuatro hijos de dos matrimonios y una casa en la vía a La Calera.  Y sin duda esta primera imagen se repetiría cientos de veces. Siempre a caballo, siempre en sus tenis.

Cuando nací trabajaba para el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), a donde llegó por el padre Alejandro Angulo y Orlando Fals Borda,  maestros y amigos. En Angulo encontró un aliado para su primer libro. Los años del Tropel, un manuscrito que por dos años cargó bajo el brazo, hasta que Luis Carlos Ávila y Alberto Umaña lo descubrieron e impulsaron su publicación. En esta obra el estilo de los relatos en primera persona se abrió paso entre el acartonado lenguaje de los académicos. Las historias de los colonos de los Llanos lo condujeron a la investigación de las guerrillas liberales de los años 30 y al origen de las Farc, rastros que seguiría para narrar la historia de nuestra guerra. 

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Él buscaba entender las causas del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Tenía cuatro años cuando las llamas envolvieron Bogotá y se dejaban ver como un lejano resplandor desde su casa en La Calera. Recuerda la alarma que se extendía por la radio, la angustia de los empleados y vecinos, las latas de sardinas apiladas en caso de tener que esconderse, los rumores de asesinatos de campesinos liberales en La Calera y los rostros angustiados de sus padres, Alfonso Molano y Elvira Bravo, liberales de convicción, pero no militantes. 

Alfonso era un comerciante bogotano que exportaba pieles de caimán por el río Magdalena. Lo que producía el negocio lo invertía en tierras. Elvira venía de una familia de magistrados, ministros y escritores. Fue ella la que le sembró la rebeldía. No le gustaba montar a caballo sentada de lado, como las damas de la época, sino en silla de hombre. En la finca pasaba revista al ganado y manejaba a los empleados.

Alfredo Molano con su hijo Alfredo

En esa vida de páramo y chuscales, crecieron mi papá y sus hermanos Alfonso y María Elvira. A caballo o corriendo por las montañas, los Molano se hicieron más campesinos que hacendados. Los viajes a la finca en San Martín, Meta, marcaron su amor por el Llano. Ese amor lo ha llevado a sus sabanas y ríos para buscar historias y rescatar los tiempos de su infancia. 

En el colegio su irreverencia lo condujo por varias instituciones, de las que fue expulsado por desafiar a curas y profesores, huir en recreos o leer libros vetados. A los 18 años se graduó del Colegio Real de Santa Fe. La institución fue reprobada por el Ministerio de Educación y  tuvo que presentar un examen de conocimientos generales. De 30 estudiantes, sólo él y otro compañero aprobaron. Ese fue su primer triunfo intelectual, según dice. 


En ese momento en Colombia, el Derecho era lo más cercano a las humanidades. El profesor de Filosofía del colegio le recomendó la carrera de Sociología, fundada  poco antes en la Universidad Nacional. Uno de los catedráticos era el cura Camilo Torres, figura que lo atraía desde las protestas de estudiantes en 1962. Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña y Camilo Torres le hicieron la entrevista de ingreso. Tres personas que lo influyeron definitivamente. 

Reconocimiento. El pasado 3 de noviembre, el sociólogo recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, distinción por su vida y obra. 

La Nacional era un hervidero de ideas, allí se formaban los primeros grupos comunistas y socialistas. Los paros, los enfrentamientos con la Policía y los grupos de estudio dieron forma a su espíritu. Cuando estaba por graduarse, Héctor Abad Gómez, médico defensor de derechos humanos, se presentó ante los alumnos ofreciendo vacantes en el Incora. Ese fue no sólo su primer trabajo, sino el encuentro con la Colombia profunda. Abad lo envío al Alto Sinú, en Córdoba, a ver lo que ocurría con un programa de aldeas estratégicas que el Ejército implementaba para ganar apoyo y aislar a las guerrillas que rondaban las montañas. 

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De la universidad salió con la claridad política de ser un hombre de izquierda, pero también con la certeza de que lo suyo no era la militancia. También con un matrimonio a cuestas, con Marta Arenas, y su primer hijo Juan Andrés. Luego dictó clases de Sociología en la Universidad de Antioquia, de donde lo expulsaron en un paro de profesores. 

Regresó a Bogotá y se ganó una beca en la Sorbona de París, ya había nacido su segunda hija, Adriana. Viajó a Francia con su familia y al terminar, su director de tesis, Daniel Pécaut, le hizo unas correcciones inolvidables. “No sé qué de lo escrito es cierto y qué inventó”, le dijo el profesor. Le pidió adaptar su escrito al ámbito de la ciencia, a testimonios sin adornos y a comprobar hipótesis sin tanta literatura. La observación fue directa a su estilo y mi papá se negó aceptarlo. No se graduó y marcó una diferencia enorme entre su oficio y la academia. 

Después de ocho años, retornó a Colombia en 1977, año del paro nacional. Vendrían días agitados. El M-19 daba los primeros golpes de opinión con los robos de la espada de Bolívar y las armas del Cantón Norte. Este episodio lo tocó, porque por esos días había creado la organización de investigación social Fundarco, junto a Orlando Fals Borda y su esposa María Cristina Salazar, y otros amigos. Por cuenta del Estado de Sitio, Fals Borda y María Cristina terminaron en prisión. En esos días sus amigos buscaban refugio en la casa de mi papá. 

En esos días conoció a Gladys Jimeno, mi mamá. En 1983 nació mi hermano Marcelo. Dos años después yo y Los años del tropel, su primer libro. El trabajo junto a Fals Borda se convirtió en la semilla de sus investigaciones. Con los campesinos y el problema de la tierra como obsesión, quería caminar entera a Colombia, atravesarla de río en río y de montaña en montaña. Y así fue. 

Recuerdo la emoción que sentí una noche que regresó de la selva. Lo esperaba ansioso en casa de mi abuelo Roberto. Llegó oliendo a monte y con la barba tupida. Me pareció que los micos y los tigres mariposos lo habían cambiado por un papá más viejo. Un atrapanovias wayú, una piedra azulada de río, una mochila eran los suvenires de sus viajes. En parte, envidiaba lo que los papás de mis amigos les traían de sus viajes a Estados Unidos. Ellos con sus muñecos de plástico y yo con mis animales de madera. 

Y eso también explica mi dificultad para definir quién era. Al principio decía “mi papá es caminante”, porque creía que esa era su profesión, pues él y mi mamá hablaban de un señor llamado Gurdjieff. Cuando les preguntaba quién era esa persona que les producía admiración, decían que un maestro y un caminante. Así que deduje que eso era él. Pero nadie entendía. De modo que en una tarde resolví la duda, y le pregunté sin rodeos, a lo que me respondió: “Soy sociólogo”. Me pareció difícil de entender y tendría que explicar a mis amigos qué era eso. Otro día, un policía le preguntó: “¿A qué se dedica usted?”, y contestó: “Soy periodista”. Acogí esa salida recursiva. 

Pero este tema me enfrentaría, una y otra vez, a la realidad de mis compañeros de colegio. Cuando ellos contaban sus vacaciones en Medellín, Cali, París o Miami, yo sudaba mientras me llegaba el turno. Y tímidamente decía: “Estuve en Vichada, La Guajira, Sierra Nevada”, mientras ellos hablaban de parques de diversiones. Yo les explicaba que había visto un oso hormiguero, un mico; que había viajado horas en una canoa, o que lo más bonito del paseo había sido la vista de un valle al atardecer. Pero de pronto mi papá empezó a hacer un programa llamado Travesías. Salía en televisión y en la calle la gente lo saludaba. Eso me dio seguridad y pronto fui diciendo con orgullo que mi papá era periodista. 

Los recuerdos de los años ochenta y noventa se entrelazan con episodios de la tragedia nacional. Íbamos en el carro oyendo radio y una voz ronca anunció el magnicidio de Luis Carlos Galán. Mi papá se cogió la cabeza y, dándole un golpe al timón, dijo: “¡Estos hijueputas!”. Ese episodio se repitió al menos diez veces. Del asesinato de un señor mediático pasamos a funerales de sus amigos, y de estos, al miedo en su rostro y en el de mi mamá. Cuando acabó el gobierno de Ernesto Samper, en el que ambos trabajaron, la cosa empeoró. Mi papá viajaba con mayor frecuencia y andaba con algo inquietante en la mirada. 

Remató la situación la separación de mis papás. “Hay un momento en que las parejas se vuelven como hermanos y por eso pelean. Vamos a distanciarnos por un tiempo, pero seguiremos queriéndonos y los seguiremos queriendo”, nos explicó. La promesa se cumplió. De cuando en vez se quedaba con mi mamá y su relación era más tranquila. Lo que no mejoró fue el ambiente. A casa empezaron a ir policías, escoltas, carros blindados. Un día mi mamá nos reveló que querían matar a mi papá. Ya no éramos niños, entendíamos que se había enfrentado en cuerpo y alma a las injusticias. 

A los escoltas, de quienes él decía —entre broma y temor— “ando con mi verdugo”, se sumaron un policía día y noche, y un carro blindado. Aparecieron personajes que nos seguían y hablaban por radioteléfono al pasar frente a nosotros. Un día escuchamos el timbre en la madrugada. Mi papá en calzoncillos agarró una escopeta que le dieron “analistas de seguridad” y que no pudo disparar porque no sabía quitarle el seguro. Era la estrategia del miedo. Los entierros de sus amigos. La moto que aceleraba en el trancón y amagaba con disparar. Un día no aguantamos más y le pedimos que se fuera de Colombia. 

En 1998 se radicó en España. Durante casi una década vivió en medio de dificultades económicas. En el segundo gobierno de Álvaro Uribe, decidió regresar. “Prefiero que me maten entre mi gente a morirme en la soledad del exilio”, dijo. Después desapareció el paramilitar Carlos Castaño, quien, según sus propios lugartenientes, estaba obsesionado con matarlo. El miedo se fue disipando, aunque a mí me quedó el trauma de la moto. Aún las veo acercarse a velocidad de sicario y me asusto. 

Pero la vida da muchas vueltas. Él recuperó la casa abandonada de La Calera, en la que volvimos a vivir con mi hermano Marcelo y mi mamá. Volvió a recorrer las selvas y llanuras, las montañas y ríos. Y ha escrito más de 20 libros, y deben ser 1.000 artículos publicados en 25 años de trabajo en El Espectador. Hoy tiene 72 años, se levanta a las 4:00 a.m. a escribir y a oír noticias. Viaja a cualquier rincón de Colombia dos o tres veces por semana. Se le cambia de andén a los lagartos de corbata y abraza como si fuera amigo de siempre a los campesinos, colonos y trabajadores que lo reconocen. Tiene una docena de nietos que le han dado bríos. Y tiene tres obsesiones a las que dedica todo el tiempo y el esfuerzo posibles: el trabajo espiritual en Gurdjieff, la defensa de la tauromaquia y su nieta Antonia, su “obra póstuma”, como dice entre el chiste y la conciencia.

Información tomada del diario EL ESPECTADOR de Colombia.


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