opinión

El día que marchitaron la Flor

El sitio estaba acordonado y no permitían el acceso hasta donde yacía Flor Alba Núñez Vargas, tendida en el andén, con sus extremidades inferiores encogidas, como víctima de un profundo sueño, o como cuando una criatura está dentro del vientre de la madre

OPINIÓN

Escrito por: SANTIAGO VILLARREAL

Ese jueves 10 de septiembre de 2015, hacía un sol resplandeciente que calentaba hasta lo más profundo del cuerpo. Se mezclaba el sudor con el bochorno y mientras atendía unas personas en el centro de la ciudad, a eso de las once y media de la mañana, escuché a alguien, no recuerdo quien, decir que habían matado una periodista en el barrio Cálamo. Despedí con mucha cortesía a las personas y de inmediato me dirigí hasta el barrio por la avenida 10. Al llegar al frente de la Plaza de Mercado indagué a varias personas dónde estaba la persona asesinada y señalaron hacia la carrera 12, en dirección a la Emisora La Preferida.

El sitio estaba acordonado y no permitían el acceso hasta donde yacía Flor Alba Núñez Vargas, tendida en el andén, con sus extremidades inferiores encogidas, como víctima de un profundo sueño, o como cuando una criatura está dentro del vientre de la madre. Vi poca sangre alrededor de su cabeza. Quedé petrificado, inmóvil, impotente. El profundo dolor que sentí se conjugó con rabia, esa rabia que siempre me invade cuando veo un ser humano asesinado, pero también lo siento cuando veo animales asesinados en la calle, víctimas de manos crueles, infames, insensatas.

A quién diablos se le ocurrió asesinar o mandar a matar a Flor Alba, fue el primer interrogante que me hice. Esa pregunta todavía invade mi cerebro, porque cuatro años después no me explico que estúpida razón invadió al criminal, tanto material como intelectual.

Como estábamos a un mes largo de los comicios electorales para la alcaldía, el ambiente se enrareció y a las pocas horas circularon versiones temerarias y toda clase de especulaciones. Un candidato a la alcaldía fue víctima de la más infame calumnia por algunas declaraciones que Flor había hecho por esos días sobre supuestos hechos de corrupción en esa campaña.

Negros nubarrones se fueron formando en el horizonte político, tejiéndose toda clase de conjeturas e intrigas entre los apasionados partidarios de los distintos candidatos a la alcaldía. Por fortuna, ninguno de los contendores utilizó, o al menos directamente, ese amargo episodio para atacar o tratar de ganar votos a costa del dolor de un pueblo.

Durante el velorio de Flor en la casa de sus padres, le dije al acalde Pedro Martín Silva, que por esas fatales coincidencias de la historia a él le había correspondido vivir el asesinato de dos periodistas, el de Nelson Carvajal ocurrido el 18 de abril de 1998, siendo Pedro el alcalde, y ahora, con Flor Alba Núñez Vargas.

Aunque por ese reprochable crimen hay un condenado a muchos años de cárcel como autor material, y se procesa a otro que se presume conducía la motocicleta que sirvió de vehículo para cometer tan demencial asesinato, los autores intelectuales, si los hay, no han sido descubiertos, dejando una tela de duda y un manto de impunidad.

Una anécdota curiosa. Cuando el martes 15 de septiembre llegó la comisión especial de la Policía Nacional, enviada desde la capital de la república para investigar el crimen, la policía judicial de la estación adscrita con asiento en Pitalito, no había tenido tiempo de recopilar los vídeos de las cámaras de seguridad de la Emisora La preferida, ni los vídeos de cámaras de seguridad aledaños al sector, pero el mundo entero ya había visto el vídeo que fue difundido por los medios virtuales cuando el asesino disparó a la altura de la cabeza de Flor.

La flor del periodismo se marchitó, sembrando de miedo y terror a una sociedad de por sí invadida por el temor, y unos periodistas contagiados desde hace muchos años por esa misma patología mental. Pero solo se marchitó, porque el tallo está vivo y nunca morirá, y peor aun, martirizará la conciencia de quienes con su dinero pagaron para cometer el crimen.

Un colega me dijo el pasado miércoles 05 de septiembre, cuando entrevistamos a “Timochenko” y subimos el vídeo a las redes sociales, que si alguien llamaba para amenazarnos y pedir que bajáramos el mismo, que había que hacerlo. Me sorprendí ante semejante majadería, y de inmediato le contesté que a mí nadie jamás me amedrenta para que deje de decir o publicar lo que considero es noticia, y en mi criterio no se debe omitir. Después, haciendo historia y retomando fechas, comprendí porqué este colega sigue teniendo miedo.