VENTANA CULTURAL

Se marchó el Maestro Alfredo Vargas, pero su legado vivirá para siempre

El cuerpo esquelético del Maestro se marchó, yace descansando. En ese descanso placentero que solo se siente cuando se duerme plácidamente o cuando el hálito de la vida humana se marchita para transportarnos a ese maravilloso sueño que se llama la muerte. "Bendita sea la muerte porque ella nos libera del dolor", decía Vargas Vila

VENTANA CULTURAL

Escrito por: SANTIAGO VILLARREAL

Vamos a hacerlo bailar y beber unos tragos, le dije a Don Eduardo Cano aquella noche del sábado, de poesía, de canto, de lecturas y bohemia, refiriéndome al Maestro Alfredo Vargas, quien frecuentaba las tertulias de los fines de semana en Cempocol, un centro de educación técnico-privado cuyo director era el profesor Eduardo Cano, que funcionó a comienzos de la década del dos mil en la ciudad de Pitalito.

El sitio estaba ubicado en la calle 6, frente al parque José Hilario López de la ciudad, donde hoy funciona un parqueadero para motocicletas.

Ferlem Méndez, joven laboyano artista de la música

Aquella noche el Maestro Vargas estaba enamorado de una linda universitaria que había llegado de la ciudad de Popayán, hija de don Richar Méndez, el padre del hoy joven artista Ferlem Méndez. Este niño ya nos deleitaba con sus interpretaciones y prometía un gran futuro en el mundo de la música.

El Maestro Alfredo Vargas no consumía bebidas alcohólicas, no comía carne, ni bailaba, decía él cada que hablaba para explicar su exótica filosofía de vida, asumida desde la última vez que viajó a Italia y pernotó por más de dos años. “Llegó extraño, cambiado”, decían las hermanas Vargas, Edith y Cecilia, refiriéndose al cambio brusco sufrido por el Maestro quien era un hábil comerciante de artesanías y obras de arte que acarreaba para exponer y vender en el viejo continente. Después nunca volvió a ser comerciante, y su extraña actitud sorprendió a su familia y amigos que lo conocieron.

¿DESEA QUE LIMPIEN SU CASA, APARTAMENTO O EMPRESA? ESCUCHE EL SIGUIENTE AUDIO:

Pero aquella noche de la cual estoy relatando, pensé que ese sentimiento tan natural del ser humano de enamorarse cambiaría su actitud, porque lo había experimentado conmigo mismo y con otras personas. Cuando uno se enamora no escatima esfuerzos y hace lo que sea con tal de llamar la atención de ese ser del cual recibe uno el flechazo .

Y lo logré, la bella muchacha, a petición mía, lo hizo beber un exquisito vino seco de las mejores casas chilenas, y después tomó ron, “bebida ordinaria y sin clase”, según criterio del Maestro. Y fue más allá, bailó con su hermosa pareja, esa “música de la subcultura” como él definía las melodías populares. “A mí me gusta escuchar los vals y bailarlos, pero los de Strauss, de Chaikovski, y de otros clásicos” decía el Maestro en sus amenas conversaciones.

Aun puedo contemplar en mi memoria sus piernas blancas, flacas, y sus pies metidos en alpargates de cabuya, moverse al son del ritmo y sus blancos pantalones remangados casi hasta la rodilla, mientras su blanca cabellera se balanceaba. Aquella noche su rostro lucía esplendoroso, sus ojos tomaron un extraño brillo, lleno de una sensación indescriptible que reflejaba felicidad, satisfacción, placer.

Pero lo más insólito fue que comió carne, y en forma de hamburguesas, un verdadero pecado para él. Lo hizo días después ante una invitación a cenar de don Richar, el padre de la mujer que por aquellos días despertó en Alfredo Vargas ese sublime sentimiento del ser humano.

¿ES USTED DESPLAZADO O VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA? POR FAVOR ESCUCHE EL SIGUIENTE AUDIO:

Usualmente se le veía raspar zanahoria que mezclaba con agua hervida, jugo de limón y sal, un menú muy común en las cenas del Maestro. Su excentricidad en sus alimentos lo sorprendía a uno, aspecto que rayaba con lo exótico.

“Deme un ‘sucio'” decía, mientras abría un libro de los tantos que cargaba en su trasteo móvil, refiriéndose a un billete de cualquier denominación. El Maestro pedía dinero pero no lo tomaba con sus manos pus según su concepto esos papeles eran “inmundos”. Y cuando pagaba alguna cuenta, abría el libro para que el vendedor o vendedora tomara el dinero.

Por esos extraños comportamientos del Maestro, alguna vez disgustó con Don Eduardo Cano y nunca volvió a las tertulias de los sábados, pero muchas veces lo encontraba en la calle y hablábamos sobre su poesía, su pintura.

Era común verlo deambulando por las calles de Pitalito, o tirado en los andenes leyendo o escribiendo en sus cuadernos, siempre vestido de blanco, no tan impecable pues a veces le ganaba la suciedad a sus prendas. También lo veíamos sentado en las bancas del parque de la Valvanera, contemplando extasiado el horizonte, o leyendo, y en otras ocasiones escribiendo.

En cierta ocasión nos encontramos en una cafetería donde me abrazó y me expresó su gratitud por un artículo que escribí en mi blog SVCNoticias, donde expresé mi protesta y solidaridad con él por el atropello sufrido en el Parque Arqueológico de San Agustín por parte de algunas unidades de la Policía Nacional, que lo condujo hasta la estación, sin motivo tipificado en la legislación policiva y penal. Mientras bebíamos café, él una agua aromática, desencamó unos amarillentos papeles y me los mostró. “Esta es la copia del fallo del Juzgado Civil, donde ese señor falló a mi favor”, dijo. “Es que algunos de mis familiares en alguna oportunidad contrataron un abogado para que instaurara una demanda civil que me declarara interdicto, con tal de apropiarse de mis bienes inmuebles”, me relató. “Pero el Juez falló a mi favor y los dejó viendo para el cielo”, agregó. “Es que la gente en este pueblo, incluyendo algunos de mis familiares creen que yo soy loco, o que consumo estupefacientes, no comprenden que uno haya asumido actitudes diferentes a las de ellos”, terminó diciendo el Maestro Alfredo Vargas.

El cuerpo esquelético del Maestro se marchó, yace descansando. En ese descanso placentero que solo se siente cuando se duerme plácidamente o cuando el hálito de la vida humana se marchita para transportarnos a ese maravilloso sueño que se llama la muerte. “Bendita sea la muerte porque ella nos libera del dolor”, decía Vargas Vila.

Pero en las pinturas abstractas del Maestro Alfredo Vargas encontramos el misterio de su pensamiento, de su correría por el mundo. Allí, en ese mosaico de colores y figuras caprichosas observamos la expresión viva de su ser y el cerebro se deleita detectando cada detalle maravilloso como es la contemplación del arte plástico en todo su esplendor.

El Maestro Alfredo Vargas Muñóz y uno de sus poemas

Y en el canto maravilloso se su poesía evidenciamos el pensamiento de un hombre culto, de sentimientos humanos y divinos, de expresiones de admiración por la naturaleza en todas sus formas, de su profundo amor humanista, pero también de su filosofía politeísta donde dioses y diosas constituyen el andamiaje de la vida, de esa extraña vida del Maestro que abandonó sus bienes materiales para deambular por el mundo sin rumbo fijo, pero lleno de felicidad, de esa felicidad que solo el desprendimiento de lo material hace que se fusione lo físico con lo espiritual.

Su cuerpo se esfumó, pero su poesía y su pintura guardará su legado hasta la eternidad.

A %d blogueros les gusta esto: