EDITORIAL

Se apagó una antorcha del periodismo

Para muchos Edgar Artunduaga Sánchez se constituyó en una tea incendiaria, pero para el periodismo libre e independiente fue una antorcha que iluminó los caminos de la dignidad, la altura, la defensa de lo público, y la denuncia implacable contra los corruptos

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Vistiendo primorosamente un traje completo color hueso, unos días usando corbatín y otros corbata, Edgar Artuduaga Sánchez hizo sus cinco años de primaria en la Escuela Normal de Pitalito. “Todos los niños le decíamos el doctor cuajada”, dice Germán Murcia, compañero de estudios, pero siempre sacó cinco en conducta porque era un niño muy serio, estudioso, pulcro y respetuoso.

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Pero no pretendemos hacer un recuento histórico de este hijo del Huila y de Pitalito, sino de su regio legado como periodista libre, independiente, a veces satírico en la forma de escribir sus columnas de opinión, siempre llenas de humor picante, pero también de esos dardos venenosos que suele llevar la denuncia pública, de hechos de corrupción en los que Colombia comenzó a sumirse desde finales de la década de los años setenta del siglo pasado.

Muchas de esas denuncias, todas documentadas y objetivas, fueron objeto de serias investigaciones judiciales por parte de los entes de control, que unas veces fallaban con castigos y la mayoría absolvieron a los presuntos, pero dejaba en tela de juicio a los denunciados, quedando siempre bajo la lupa implacable de la sospecha, que a veces suele ser más efectiva que el castigo mismo.

Edgar Artunduaga siempre fue un periodista combativo, buscando la transparencia de aquellos servidores públicos, que aprovechando los gajes del poder hacen mal uso del erario o abusan de ese poder en beneficio propio o de sus camarillas. Estuvo siempre a la ofensiva contra la corrupción y a la defensiva de la libertad de prensa, y no pocas veces los poderosos intentaron callar su voz o censurar sus denuncias, como cuando el presiente Andrés Pastrana Arango presionó para que lo sacaran de Caracol Radio en el programa La Luciernaga.

Contrario a lo que hicieron otros colegas, exiliándose en el exterior, Edgar Artunduaga buscó también los gajes del poder para combatir quizá con las mismas armas, logrando un escaño en el senado de la república, desde donde también hizo grandes denuncias, pero menos fructíferas que las hechas bajo el filoso sable del periodismo escrito y radial.

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Sus últimos dos años los vivió en Neiva, donde desde sus columnas del Diario del Huila, su portal virtual, y sus emisoras radiales, libró una batalla solitaria contra la todopoderosa familia González Villa, quienes seguramente deben respirar tranquilos porque se marchó la antorcha que les quemaba las llagas que desde hace años hace arder su apellido, pero que tarde o temprano terminará carcomiendo ese clan hasta diluirlo.

Para muchos Edgar Artunduaga Sánchez se constituyó en una tea incendiaria, pero para el periodismo libre e independiente fue una antorcha que iluminó los caminos de la dignidad, la altura, la defensa de lo público, y la denuncia implacable contra los corruptos.

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