EDITORIAL

El precio de la libertad

Alan García sentía verdadera fobia por las cárceles, herencia psicológica de haber visto a su padre Carlos García Ronceros, secretario ejecutivo del partido socialdemócrata Alianza Popular Revolucionaria Americana APRA, encarcelado en varias oportunidades durante el gobierno del general Manuel Odría

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EL PRECIO DE LA LIBERTAD

“Mejor morir luchando por la libertad que ser preso todos los días de tu vida”. (Bob Marley). Esta frase del músico jamaiquino quizá resume la decisión tomada por el ex presidente peruano Alan García Pérez, un hombre de regio carácter y de principios humanistas, formados dentro del ámbito del derecho y la doctrina masónica.

Alan García sentía verdadera fobia por las cárceles, herencia psicológica de haber visto a su padre Carlos García Ronceros, secretario ejecutivo del partido socialdemócrata Alianza Popular Revolucionaria Americana APRA, encarcelado en varias oportunidades durante el gobierno del general Manuel Odría, cuando el partido fue declarado ilegal. Alan no conoció a su padre sino a los cinco años de edad pues durante su infancia su progenitor permaneció en prisión.

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Los relatos de su padre sobre los oscuros calabozos llenos de ratas y excrementos, cuyos olores repugnaban, sumado a las torturas de los verdugos, influyeron en la psiquis del joven Alan García para que optara por estudiar derecho en la Universidad Católica, concluyendo su carrera en la Universidad de San Marcos, como una forma de luchar contra la opresión y batallar por la libertad.

Como abogado, entendió que los dos derechos fundamentales del ser humano constituyen el principio de todo. La vida como principio fundamental sin la cual no habría otros derechos, y la libertad en segunda escala, por la cual se debe luchar, incluso ofrendando la vida si es necesario.

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Desde joven ingresó a la logia masónica del Gran Oriente Peruano, donde los maestros infundieron en él los tres pilares del precepto masónico: Igualdad, Fraternidad y Libertad, arraigando aun más su profundo amor a la libertad.

Por eso en la década del noventa, a la llegada de Alberto Fujimori al poder y asumir una actitud dictatorial en 1992, cerrando el congreso, Alan García solicitó asilo en la embajada colombiana en Lima y posteriormente se residenció en Bogotá, donde tuvimos oportunidad de conocerlo y escuchar sus magistrales conferencias en las cátedras universitarias.

Independiente de si fue o no culpable de los presuntos delitos por los que se le investigaba, Alan García siempre se declaró inocente, y cuando abrieron las primeras investigaciones en su contra, solicitó asilo en las embajadas de Uruguay y Colombia, pero en ambas le fue negado. Su afán por no ir a la cárcel y su indómito espíritu de libertad, hicieron que comenzara su batalla por conservar esa libertad que tanto amó.

Pero esa batalla terminó cuando se sintió acorralado la mañana del miércoles santo 17 de abril, al ingresar la policía a su residencia con una orden de registro (allanamiento) y otra con el arresto. Su decisión fu rápida y sin vacilaciones. Quizá ya la había meditado en las últimas semanas cuando la luz en el túnel comenzó a ser esquiva. Su altivez y orgullo, hizo que pidiera a los policías que le permitieran subir a su dormitorio a llamar a su abogado. Utilizó el último recurso de los valerosos luchadores por la libertad: morir antes que ser humillado con los grillos de la opresión.