INFORME ESPECIAL

Conmovedora despedida al estudiante suicida de la Normal Superior de Pitalito

Quizá muchas y muchos no lo conocieron, o lo vieron desprevenidamente, con su carita angelical, semejante a esos ángeles de las pinturas católicas, pero de ojos melancólicos

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Rostros de niñas y niños, en su mayoría adolescentes, tristes, cavizbajos, con sus mejillas húmedas de lagrimas vivas, salidas de lo profundo de sus seres, en insondable silencio, esperaron con paciencia la ceremonia religiosa, en cuya nave principal, allí, cerca del altar, reposaba el cuerpo de su compañero de estudio.

Quizá muchas y muchos no lo conocieron, o lo vieron desprevenidamente, con su carita angelical, semejante a esos ángeles de las pinturas católicas, pero de ojos melancólicos, según quienes tuvieron la fortuna de conocerlo y fueron sus amigas y amigos cercanos.

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Carlos Mauricio Peña Murcia, un niño de 14 años, estudiante de noveno grado de la Institución Educativa Normal Superior de Pitalito, era un jovencito callado, de pocas palabras, solo las necesarias cuando tenía que pronunciar en su salón, o en su familia, según relato de quienes fueron cercanos a él. A veces se mostraba extrovertido, pero luego caía como en una especie de meditación, como alejado de la realidad.

Sin embargo, como todo adolescente de su edad, gustaba del juego, de los celulares y de pasear con sus amigos. Pocas veces se le vio triste o desesperado, pero a veces entraba en estados de mal genio y permanecía callado largos ratos.

Sin saber porqué, el jueves 14 de febrero en su casa de habitación de la vereda Tabacal, lugar donde residía, Carlos Mauricio dispuso de un cable y hábilmente hizo una horca, la misma con la que luego de asegurarla muy bien de una viga del techo de la vivienda, la pasó por su cuello y se lanzó al vacío, despidiéndose para siempre de este mundo, para ingresar al otro, a ese desconocido, al que quizá Carlos Mauricio tenía curiosidad de conocer.

El sábado 16 de febrero, durante el sepelio, los niños, púberes, adolescentes de ambos sexos y de todos los géneros, vestidos primorosamente de negro y blanco, portando flores y globos blancos, caminaron lentamente, acompañando el cortejo fúnebre; en silencio, solo interrumpido por algunos sollozos de niñas, y después de niños, que al llegar al cementerio y empezar el entierro, rompió en llanto puro y ensordecedor. De ese llanto sincero que solo los ángeles pueden expresar, en un sentimiento de profundo dolor para decir chao al amigo, al compañero, al estudiante, del cual muchos nunca tuvieron ni idea de quien era, pero allí, viendo su cuerpo sin vida, percibieron que era otro humano que se marchó para siempre.